El beso. Leyenda de Bécquer para adolescentes

Una inquietante y misteriosa leyenda de Toledo para adolescentes y adultos

‘El beso’ es una popular leyenda del escritor, periodista y poeta Gustavo Adolfo Bécquer. En este caso se trata de un relato nacido de la imaginación del poeta al descubrir unas bellas estatuas en una iglesia de Toledo. La historia es realmente inquietante y está envuelta en un hermoso halo de misterio. No te pierdas esta versión más corta de la leyenda de Bécquer para adolescentes y adultos: ‘El beso’.

Una misteriosa leyenda de Bécquer para adolescentes: ‘El beso’

Historia del beso de Bécquer

Existe una leyenda que data de la época de la invasión de las tropas de Napoleón a España. El lugar donde sucedió todo: una iglesia prácticamente derruida de un convento de Toledo.

Las tropas francesas llegaron a Toledo y comenzaron a instalarse en el Alcázar y en todos los conventos e iglesias de la ciudad. Pero los últimos en llegar no encontraron un lugar decente donde descansar, así que fueron conducidos hasta una iglesia de la que apenas se conservaban las tumbas, algún retablo y estatuas esparcidas por las diferentes capillas.

Hasta allí llegó un joven capitán francés con sus hombres. Estaban tan cansados del viaje, que a pesar de los ruinoso del sitio, decidieron pasar allí la noche. Al día siguiente, ya tendrían tiempo para hablar con algunos de sus camaradas en el Zocodover de Toledo, lugar en donde habían fijado un punto de encuentro.

Pero esa noche, el capitán francés vivió una experiencia extraña, poco habitual, que no le dejó pegar ojo.

La extraña experiencia del capitán francés aquella noche

Al día siguiente, pálido y ojeroso, el capitán acudió con sus hombres al encuentro de sus amigos en la plaza de Zocodover. Allí les esparaban, con los brazos abiertos y una pícara sonrisa en sus rostros:

– ¡Vaya, vaya, vaya! Nos dijeron que habéis descansado en la suite del mejor hotel de Toledo- dijo uno con sorna entre risas- Aunque cualquiera lo diría… Capitán, tiene usted cara de no haber dormido nada.

– Y no lo hice- contestó el capitán entonces- Pero no por lo incómodo del sitio, como piensas, sino por lo extraño del lugar y lo que sucedió…

– ¿Y qué pasó? ¡Cuente, cuente!- le animó entonces otro de los soldados.

– Veréis… Conseguí dormir en seguida, porque todos estábamos muy cansados. Sin embargo, a las pocas horas me despertó el sonido de la campana de la catedral, y me levanté a dar una vuelta. Al entrar en una de las capillas, me encontré con ella…

– ¿Quién? ¿Una mujer? ¡Pero cómo!- exclamó exaltado otro de los soldados.

– Sí, una mujer, realmente hermosa. Iluminada por el único rayo de luna que entraba por la cúpula dañada de la iglesia. Una mujer de piel blanca como la nieve y labios cincelados con hermosa precisión. Su expresión lánguida me enamoró al instante. En verdad no vi antes una mujer tan bella…

– ¿Y qué hizo? ¿Habló? ¿Se asustó?- empezaron a preguntar todos.

– No, no, nada de eso. No podía hablar, ni moverse.

– ¿Por qué? ¿Era muda? ¿Ciega? ¿Inválida?

Era una estatua– sentenció entonces el capitán. Y todos estallaron en una carcajada.

– Pero no una estatua cualquiera. La estatua más perfecta y hermosa que jamás haya podido hacer un hombre- continuó entonces le capitán-. Si no fuera por…

– ¿Por qué? Continúe, capitán- insistió de nuevo un soldado.

– Si no fuera porque a su lado, junto a ella, hay también una estatua de un guerrero, que supongo que será su marido, o su amante… Si no fuera por eso, me habría acercado a besar a la dama.

– Uy, cuidado con lo que hace, capitán, que las estatuas no tienen buen carácter- rió uno de los soldados mientras se burlaba.

– Bueno, si queréis conocerla, no tenéis más que venir esta noche y brindaremos todos juntos. He traído decenas de botellas de champán auténtico- propuso entonces el capitán.

– Por supuesto- respondieron todos animados- Allí estaremos. Nos morimos de ganas por conocer a esa bella dama que le quitó anoche el sueño, capitán.

El castigo al osado beso del capitán francés

Esa misma noche, los soldados franceses acudieron a la cita. Al principio contemplaron con cierto temor aquel lugar, derruido y algo siniestro. Al entrar, el capitán les mostró al fin las esculturas delas que habló en la plaza.

-¡Diantres, pues sí que tenía usted razón, capitán! ¡Que hermosa mujer! Si el escultor fue fiel a la realidad, debió ser la dama más bella de toda la ciudad…

– Sí que lo debió ser, sí… – respondió melancólico el capitán francés, mientras abría la primera botella de champán- Pero brindemos y olvidemos todos los malos ratos que pasamos. Dejemos que el alcohol ahogue nuestras penas.

Los soldados comenzaron a beber junto al capitán, y a medida que pasaban las horas, el estado de embriaguez aumentaba, hasta tal punto, que el capitán francés, que no dejaba de observar la estatua de la bella dama, comenzó a notar ligeros cambios en ella:

– ¿No veis acaso que sus labios ahora están ligeramente sonrosados? ¿Que su pecho se mueve? ¿No veis que incluso ha apretado más los dedos enlazados de sus manos?

– Capitán, es la bebida, no le de más vueltas- le contestó uno de los soldados.

Pero el capitán francés, totalmente obsesionado con la estatua de la dama, se acercó aún más a ella.

– ¡Ah! ¡Bella dama! ¡Cómo me gustaría besar sus labios! Pero espera, antes demos de beber a su apuesto acompañante- Y diciendo esto, vació la mitad de su copa de licor en los labios de mármol del guerrero y tiró el resto de líquido a su cara. Después de hacer esto, dijo:

– No se enfade usted, noble guerrero, pero entenderá que debo besar a su dama… – Y el capitán se acercó a dar un beso a la doncella arrodillada.

En ese momento, el sonido de un golpe muy fuerte resonó por toda la iglesia. Los soldados, alarmados, se acercaron y llegaron a tiempo para ver un terrible espectáculo: el cuerpo del capitán yacía en el suelo, con la cara totalmente ensangrentada. La estatua del guerrero volvió a su lugar, una vez que ya le había dado un terrible y mortal bofetón al capitán francés, con su guante de piedra.

Reflexiones sobre la leyenda de Bécquer ‘El beso’

Esta fantástica leyenda se publicó en 1863 en la revista liberal ‘La América’, en donde Gustavo Adolfo Bécquer colaboraba. Por lo visto escribió la historia a raíz del descubrimiento que hizo de dos esculturas: la de Doña Elvira de Castañeda y Don Pedro López de Ayala. El relato, lleno de fantasía, guarda similitud con muchos otros relatos de la mitología griega en donde una estatua era capaz de cobrar vida o una vida era capaz de transformarse en estatua.

Con esta historia, además de rendir homenaje a la mitología griega, Bécquer también nos habla de todos estos aspectos:

Cómo el deseo y el amor nos hace perder la cordura: Movido por el enamoramiento hacia la estatua, el capitán francés se dejó llevar por un impulso y ese sentimiento anuló por completo su capacidad de razonar. Y es que el amor a menudo nos hace cometer locuras que a veces pueden acabar mal, como le sucedió al osado capitán francés.

Los celos tienen terribles consecuencias: El capitán francés ardía de celos por dentro hacia el guerrero de piedra que velaba por la seguridad de su dama. Son en realidad los celos los que le llevaron a desafiar al guerrero con tan mala suerte de que fue respondido sin imaginar ni siquiera que pudiera hacerlo.

El efecto Pigmalión: Este relato de Bécquer nos habla del efecto Pigmalión, que responde a otra leyenda. Resulta que Pigmalión, rey de Chipre y escultor, no encontraba a la mujer de sus sueños. Tal es así, que decidió crearla mediante el arte del cincel. Diseñó con sus propias manos una escultura de una mujer tan bella, que se enamoró de ella. Le puso un nombre: Galatea. Cada día pedía a Venus, diosa del amor, que le concediera la vida a su enamorada. Hasta que un día, Venus decidió darle vida a la escultura y Pigmalión consiguió al fin el amor.

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