El fantasma de Canterville. Cuento para adolescentes y adultos de Oscar Wilde

Un fabuloso relato de fantasmas lleno de humor con reflexiones

Oscar Wilde dedicó gran parte de sus obras a los cuentos, textos cortos y a menudo humorísticos de los que se desprendía sin embargo cierta amargura y reflexiones llenas de valores. Es el caso del Fantasma de Canterville, un delicioso y divertido cuento para adolescentes y adultos de Oscar Wilde, en donde el protagonista es un fantasma humillado por una familia americana. No te pierdas esta versión de este fabuloso relato.

La hilarante historia del Fantasma de Canterville, un cuento para adolescentes y adultos

El fantasma de Canterville: cuento para adolescentes de Oscar Wilde

Lord Canterville advirtió a Mr Otis cuando mostró su interés por comprar el viejo castillo:

– Respetable señor Otis- le dijo- Me enorgullece que muestre tanto interés por adquirir el castillo de Canterville, pero antes debo advertirle de que en él habita desde hace más de 300 años un fastidioso fantasma que ha provocado auténticas tragedias. La última víctima fue la duquesa de Bolton. Se estaba arreglando en su habitación cuando vio que unas manos de esqueleto se posaban sobre sus hombros. Del susto, terminó con una apoplejía de la que no se recuperó nunca. Ningún sirviente quiso quedarse más en ese castillo, a excepción del ama de llaves, que le ruego que contrate si finalmente compra el castillo.

– Señor Canterville, le agradezco mucho su advertencia, pero debe saber que nosotros los americanos disfrutamos mucho de esas historias. ¡Lo que darían en mi tierra por poder comprar un fantasma! Por supuesto que sigo interesado en el castillo, más aún con fantasma. Se lo compro todo.

– Usted verá, Mr Otis. En Inglaterra los fantasmas son peligrosos.

– Déjese de tonterías. A nosotros no nos asustan nada esos espectros.

Y dicho esto, Lord Canterville y el ministro norteamericano Mr Otis acordaron la venta del castillo de Canterville, fantasma incluido en el precio.

La llegada de la familia Otis al castillo

El señor Otis viajó con su familia a Inglaterra, para estrenar en vacaciones de verano su nueva residencia. Sobra decir que el clima en Inglaterra en pleno verano no es precisamente maravilloso. Nada más llegar allí, comprobaron que el cielo estaba totalmente encapotado y las nubes a punto de descargar una intensa tormenta de rayos y truenos.

Al llegar al viejo castillo, una anciana ama de llaves salió a su encuentro:

– Bienvenidos al castillo de Canterville.

– ¡Usted debe ser la única inquilina de este edificio!- dijo asombrado Mr Otis.

– Sí señor. Ninguno más superó el terror que les provoca el fantasma del castillo.

– No se preocupe, que nosotros no saldremos corriendo. ¡Nos encantan los fantasmas!

Mr Otis entró al castillo con su mujer, la práctica señora Otis. Detrás les seguía Washington, su hijo mayor, más patriota aún que su padre republicano; tras él llegaba la única hija del matrimonio, Virginia, una hermosa y tímida joven amante de la pintura y los paseos a caballo y que apenas hablaba. Su rostro era tan dulce y radiante como el brillo de sus ojos azules. Y por último, los endemoniados gemelos, Estrellas y Barras, unos chiquillos revoltosos y alborotadores que no paraban de gritar y planear travesuras.

La extraña mancha de sangre

Mrs Otis se dio cuenta enseguida de la mancha de sangre que había en la alfombra del salón, junto a la chimenea:

– ¡Pero bueno! ¿Por qué no limpiaron esta mancha de sangre? ¡Qué repugnante!

– Señora- dijo entonces el ama de llaves- Es la mancha de sangre de la asesinada, la mujer de Simón de Canterville. Su marido la mató y murió más tarde en extrañas circunstancias. Él es el fantasma que habita este castillo y se encarga de hacer reaparecer la mancha.

– ¡Tonterías!- dijo entonces la mujer- Esta mancha se quita divinamente con un poco de quitamanchas marca ‘Campeón’.

Y entonces, el hijo de la pareja, Washington, sacó un bote de su bolsa:

– Quite, madre, que ya me encargo yo de frotar esta dichosa mancha.

Y dicho y hecho, la mancha desapareció en un periquete.

– ¿Ves?- le dijo con sorna Mrs Otis al ama de llaves-. No era tan difícil con el producto adecuado.

Al día siguiente, reapareció la mancha junto a la chimenea. Mrs Otis se extrañó, porque habían dejado el salón cerrado con llave.

– Vaya-dijo Washington al ver de nuevo la mancha- Sí que son persistentes las manchas de sangre británicas…

– Nada de eso- dijo Mrs Otis- Debe ser cosa del fantasma. Qué manía tiene con volver a pintar la mancha. Sea como sea, la borraremos.

Y Washington volvió a limpiar la dichosa mancha un día, y otro día, y otro día más. Lo más curioso es que la mancha no era siempre roja. Empezó a cambiar de color hacia un tono bermellón, un frambuesa y hasta un verde esmeralda. La familia se divertía mucho apostando de qué color sería la mancha al día siguiente. El día que apareció la mancha verde esmeralda, Virginia tuvo que contener las lágrimas. Nadie sabía el porqué.

Mrs Otis, emocionada por el suceso de la mancha de sangre, comenzó a escribir un tratado sobre las manchas de sangre británicas y su dificultad para eliminarlas. A su vez, creyendo más ahora en la existencia del fantasma, empezó a interesarse por las asociaciones que estudiaban los sucesos paranormales.

El primer encuentro de la familia Otis con el fantasma de Canterville

Una tarde se desató una intensa tormenta. El viento golpeaba los cristales y provocaba un ruido espantoso. Así que en cuanto se hizo de noche, se fueron todos a la cama. Pero esa noche, Mr Otis escuchó el sonido de unas cadenas arrastrándose por el suelo, y no podía dormir. Así que abrió la puerta del dormitorio y se encontró cara a cara con el fantasma de Canterville: un espectro de ojos muy hundidos y negros como el carbón, bajo los que resaltaban unas horribles ojeras. El pelo gris y enmarañado le caía por los hombros y alrededor de sus manos y pies colgaban unas cadenas repletas de moho. El ministro le miró bastante enfadado:

– ¡Por el amor de Dios! ¿Quiere usted dejar de hacer tanto ruido? ¡Intentamos dormir! Aunque espere, señor fantasma, que tengo la solución: un producto maravilloso para eliminar el óxido y el desagradable chirrido de sus cadenas.

Y diciendo esto, ante la estupefacción del fantasma de Canterville, el ministro le tendió un pequeño bote con el nombre de Sol Naciente. El espectro, indignado, dio media vuelta sin agarrar el bote y se fue corriendo. Pero a mitad de camino, un par de críos le tiraron una almohada a la cabeza, mientras gritaban eufóricos:

– ¡A la caza del fantasma!

Simón de Canterville tuvo que huir entre los muros hasta llegar a su escondite. Allí, totalmente exhausto, comenzó a pensar qué podía estar haciendo mal. ¡Esa familia no se asustaba por nada!

– No puedo creerlo- dijo enfadado el fantasma- Con este mismo sonido de cadenas hice una entrada triunfal un día en los aposentos del señorito Fox. Del susto, se tiró por la ventana… Y qué decir de mi metamorfosis en vampiro… aquella noche, Lady Stiffield tuvo tal ataque de pánico que murió de un infarto a los tres días. ¡Esos sí que eran épocas gloriosas! Y ahora, me veo humillado por un tipo que me ofrece un ungüento para mis cadenas llamado Sol Naciente, y unos mocosos que se atreven a tirarme almohadas a la cabeza…

El fantasma de Canterville estaba tan triste, que decidió encerrarse en su cuarto varios días. Por su parte, la familia Otis estaba un poco enfadada, porque vio que la mancha seguía reapareciendo con colores de lo más extraños y además el fantasma no había aceptado el bote de Sol Naciente.

– Si continúa haciendo ruido- dijo entonces Mr Otis- le tendremos que quitar las cadenas. Él verá. No pienso tolerar más ruidos de hierros por la noche.

Un nuevo intento del fantasma de Canterville

Simón de Canterville no estaba dispuesto a darse por vencido, y planeó una nueva aparición durante una noche de tormenta. Pero cuando estaba preparando su disfraz, un estruendo despertó a toda la familia. Al llegar a las escaleras, vieron al fantasma en el suelo, aplastado por una enorme armadura de hierro que había intentado colocarse. El fantasma pegaba gritos de dolor.

– Señor fantasma, no intente hacer cosas que ya no puede hacer con su edad- le dijo Mr Otis.

Entonces, Simón de Canterville pensó en el truco del fantasma fosforescente, que tan buenos resultados le había dado otras veces. Pero Mrs Otis, al verle tan verde y tan brillante, sacó un bote del bolsillo de su bata y le dijo:

– Yo creo que lo que le pasa es que tiene ardor de estómago. Con estas pastillas se le pasará.

El fantasma, humillado y dolorido, se escabulló por las tuberías, dándose tantos golpes que terminó realmente fastidiado. El pobre, estuvo malísimo durante varios días. Y ni siquiera salió de su cuarto.

El fantasma intenta asustar al joven Washington

Su odio hacia la familia Otis aumentaba, menos lo que sentía por la joven Virginia, que era muy buena y nunca se metía con él. Pero al que más odiaba era al joven Washington, empeñado en borrar la mancha de sangre, y a los endiablados gemelos, que no paraban de molestarle. Decidió planear un ataque contra el joven, contra Mrs Otis y por supuesto, contra los gemelos.

Una noche, ataviado con su maravilloso disfraz de muerto con sudario, entró en el cuarto de Washington, dispuesto a clavarle un mohoso cuchillo en la garganta. Pero de pronto se paró en seco: ante él, un horrible espectro le observaba. Tenía la cabeza redonda, el cuerpo flaco y unos huecos en los ojos por donde pasaba la luz. Nunca había visto otro fantasma así tan cerca, y se dio tal susto que salió corriendo. Por el camino, los gemelos le pusieron la zancadilla, así que terminó cayendo por las escaleras.

Al día siguiente decidió que tal vez debía aliarse con ese otro fantasma. Al fin y al cabo, la unión hace la fuerza, así que muy resuelto, se encaminó a plena luz del día a la habitación del señorito Otis. Allí estaba el espectro, aunque algo diferente. Por los ojos ya no salía ninguna luz. Solo eran agujeros en medio de una cara redonda. Cuando le tocó para llamarle la atención, el supuesto fantasma se desmoronó: una calabaza mediana cayó rodando por el suelo, una escoba terminó posada contra la pared, y había un cartel que decía: ‘El auténtico fantasma Otis. No acepten imitaciones’… y el fantasma se dio cuenta de que había sido engañado vilmente.

El último intento del fantasma de Canterville

Los últimos sucesos hicieron que el fantasma de Canterville vagara tristemente por los pasillos evitando ser visto. Se quitaba las botas y hasta había probado el producto para las cadenas, Sol Naciente. Y sí, se había dado cuenta de que funcionaba.

Unos días después, recobró las fuerzas para un último intento. Su objetivo esta vez serían los dichosos gemelos. Buscó su mejor disfraz. Sí, el de hombre sin cabeza no podía fallar. Entraría en el cuarto de los niños y se acostaría entre ellos para darles un susto de muerte.

Pero esa noche, tampoco lo consiguió: nada más entrar a la habitación de Barras y Estrellas, le cayó un cubo de agua encima. Menos mal que no llevaba la cabeza sobre los hombros, porque hubiera sido mucho más doloroso. Los niños reían sin parar y él estuvo varios días resfriado.

Simón de Canterville decidió entonces recluirse en su habitación. Solo salía para volver a pintar la mancha de sangre, aunque era precavido, y paseaba en zapatillas de fieltro y a horas discretas. Hasta el día en que también dejó de preocuparse por la mancha.

La familia Otis pensó entonces que el fantasma se había ido, y comenzó a hacer vida normal.

La salvación del fantasma de Canterville

El fantasma de Canterville vio cómo su admirada Virginia comenzaba a salir con un chico joven. Daban largos paseos a caballo. Y un día se quedó en el sótano admirando los árboles, totalmente entristecido y abatido. En ese momento, entró Virginia y se encontró con el fantasma. Se sentó a su lado y comenzó a hablar con él:

– Se te ve muy triste- le dijo apenada Virginia.

– Lo estoy- contestó él- Ya nada tiene sentido.

– ¿Porque no te dejamos ser malo?

– Yo no soy malo. Solo soy un fantasma. Hago las cosas que tienen que hacer los fantasmas- se defendió Simón de Canterville.

– Ah, ¿sí? ¿Y por qué me has gastado sin permiso todos mis botes de pintura para crear esa dichosa mancha junto a la chimenea todos los días? Primero me quitarse los rojos, y ya no pude pintar atardeceres. Y luego los bermellones y hasta el verde, y no me dejaste pintar árboles ni montes. Solo me queda el blanco y ya solo puedo pintar cursis claros de luna. Y nunca te dije nada- dijo enfadada Virginia.

– Bueno, en eso tiene razón- dijo el fantasma.

Pero Virginia se conmovió de nuevo al ver el rostro cansado del fantasma.

– ¿Tienes hambre?

– No puedo comer. Precisamente morí de eso… de hambre.

– ¿De hambre? ¡Qué horror! ¿Y por qué pareces tan cansado? ¿No duermes?

– Hace trescientos años que no puedo dormir- contestó él.

– Oh… ¡pero eso es horrible! ¿Y no hay ningún sitio donde podrías dormir?

– Sí lo hay… Un jardín, de hermosos árboles plateados y un ruiseñor que canta siempre. La luna mira hacia abajo y abraza a los durmientes…

– Hablas de la muerte…

– Sí. Morir, dormir. Descansar para siempre. ¡Tú puedes ayudarme! ¿Recuerdas la inscripción que hay en el cuadro de Lord Canterville? Dice: ‘Cuando una virgen rubia logre brotar una oración de labios del pecador; cuando el almendro seco vuelva a dar flor y un niño entonces deje correr su llanto, la casa tranquila entonces quedará y a Canterville la paz retornará’.

– ¿Y cómo puedo ayudar yo?

– Tú eres inocente como un niño. Tú debes rezar por mí, llorar por mí, y podré morir en paz. Pero tal vez tengas miedo, porque escucharás voces endiabladas y verás formas extrañas…

– No tengo miedo. Lo haré- dijo Virginia.

Entonces, el fantasma agarró con fuerza su mano y la arrastró con él por un estrecho y largo pasadizo. Las paredes se cerraban a su paso y Virginia desapareció junto al fantasma.

La desaparición y aparición de Virginia

La familia Otis notó en seguida la ausencia de su hija. Al principio pensaron que estaría buscando flores, pero tardaba mucho, y comenzaron a buscarla. Los gemelos buscaron por todo el castillo, Mrs Otis por los alrededores y Mr Otis, Washington y el prometido de la joven, se fueron con los caballos más allá del pueblo. No la encontraron y cuando estaban ya desesperados y dieron las 12 campanadas, la pared se abrió de golpe y apareció blanca como la luna Virginia.

– ¡Virginia!- dijo llorando su madre- ¿Dónde estabas? ¡Menudo susto nos diste!

– Estaba con el fantasma- dijo ella sin más-. Por fin descansa. Necesitaba morir.

– ¿Cómo dices?- preguntó extrañado su hermano.

– Sí- continuó ella, que mostró un pequeño cofre lleno de joyas- Me dio esto como agradecimiento. Yo solo recé y lloré por él. Sus pecados han sido perdonados. Mirad, os llevaré para que podáis verlo.

Y les indicó que la siguieran por un pasadizo, que llevaba hasta una habitación pequeña, en donde, encadenado a la pared, había un esqueleto con un brazo extendido hacia un cántaro y una vasija. El esqueleto no podía llegar hasta el lugar en donde supuestamente había agua y alimento. Así que todos se dieron cuenta de que Simón de Canterville había muerto de hambre y sed.

A los pocos días se organizó un sepelio para enterrar el esqueleto deSimón de Canterville, al que por supuesto, acudió su único descendiente. Lord Canterville estaba muy agradecido por todo y decidió que fuera Virginia quien se quedara con las joyas de su antepasado. El castillo de Canterville perdió de esta forma al fantasma y ganó en tranquilidad para siempre.

Algunas reflexiones sobre el cuento de Oscar Wilde

Este relato parte de un conocido cuento de Oscar Wilde. El texto del escritor irlandés está repleto de humor e ironía, pero también transmite cierta amargura en el personaje de un fantasma que debe redimir sus pecados:

La inocencia y la bondad que borra los pecados: El fantasma de Canterville no descansaría en paz hasta que una persona inocente y bondadosa rezara las oraciones que él no podía rezar y llorara con esas lágrimas que él no tenía. La salvación del alma del fantasma está representada en la figura de la joven Virginia.

La divertida familia Otis y la crítica a los americanos: Oscar Wilde utiliza la ironía para poner de manifiesto la superficialidad de la cultura americana, incapaz de apreciar nada intangible ni creer nada que no puedan ver y tocar. La metáfora de una familia americana que hace la vida imposible a un fantasma británico tiene por supuesto, connotaciones políticas y sociales.

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