La carta robada. Relato de misterio para adolescentes

Pon a prueba tu ingenio y resuelve el enigma de Edgar Allan Poe

‘La carta robada’ es un genial relato de misterio para adolescentes de Edgar Allan Poe, donde el escritor nos invita a poner a prueba nuestro ingenio y pensar en la respuesta a un enigma antes de llegar al final. Se trata por lo tanto de un relato policiaco para adolescentes y adultos, aunque bien pueden participar niños mayores. ¡Seguro que ellos consiguen dar con la respuesta antes que los mayores! Aquí encontrarás una versión del texto de Allan Poe.

Pon a prueba tu ingenio y resuelve el enigma de La carta robada, un relato de misterio para adolescentes y niños

La carta robada, un relato de misterio para adolescentes y niños mayores de Allan Poe

Me encontraba pasando unos días en París, con mi gran amigo Dupin, la persona más sagaz e ingeniosa de toda Francia. Nos encontrábamos en la biblioteca de su casa, a oscuras, como nos gustaba estar de vez en cuando para relajar la mente. En ese momento llamaron a la puerta: era el comisario de la policía ‘G’.

A Dupin este comisario, que tan bien conocía, le parecía un personaje simpático y divertido, y no dudaba en jugar con él usando grandes dosis de ironía y el sarcasmo.

Le abrí la puerta y pedí que se sentara. Iba a encender la luz, pero Dupin dijo:

– Si lo que va a contarnos, querido ‘G’, es de carácter reflexivo, mejor será que continuemos con la luz apagada.

– Pues sí, lo es- contestó ‘G’.

Así que no tuve que encender ningún interruptor. Me senté de nuevo en mi sillón.

– Y bien, ¿qué le trae hasta aquí, querido ‘G’? Espero que no sea por un asesinato. Aún recuerdo muy cercano el caso de los crímenes de la Rue Morgue

– No, no, esta vez no. Se trata de algo más sencillo y a la vez extraño.

– ¿Sencillo y extraño? ¿Cómo es eso?

– Pues lo es. Es sencillo, y es extraño. Y desesperante. Verá, se lo explicaré…

Y entonces el comisario de policía francés nos contó la historia por la que quería pedir consejo a Dupin.

El descarado robo de la carta ala realeza

– Verá- dijo entonces el comisario- En realidad vengo a pedir consejo sobre un caso que no conseguimos aclarar. Se trata de un robo, pero un robo tan sencillo que a la vez se nos escapa de las manos.

– Pero ¿eso es posible?- pregunté yo.

– Lo es, amigo.

– ¿Y quiere que le ayudemos a dar con el ladrón?- preguntó entonces Dupin.

– No, no, si el ladrón ya sabemos quién es.

– ¿Y cómo lo saben?

– Porque al que le robaron vio cómo le robaban.

– ¿Y por qué no hizo nada?- pregunté yo algo extrañado.

– Porque lo que robaba el ladrón era tan comprometedor que no podía decir nada ante una tercera persona que se encontraba con ellos.

– Sigo sin entender- dijo entonces Dupin.

– Presten atención: el objeto del que les hablo es un documento importante, robado de las habitaciones reales. Se darán cuenta de la magnitud del problema y la importancia del cliente del que hablamos…

El documento en realidad es una carta, que mi cliente tenía abierta en su escritorio porque se la acababa de entregar otra persona, que a su vez estaba con él. La carta era terriblemente comprometedora, y otorga un especial poder a aquel que la tiene en su poder, siendo otra persona diferente a mi cliente… En el momento en el que la carta estaba en el escritorio, llegó el ladrón. Por eso sabemos quién es. Se trata del ministro ‘D’, un tipo muy ingenioso y con altas pretensiones.

Como este ministro es tan sagaz, se fijó al instante en la carta que había sobre la mesa y le dio tiempo a leer el encabezamiento y algún nombre del que dedujo que se trataba de una carta importante. Mi cliente estaba tan nervioso que no pudo hacer nada más que hacer como que no pasaba nada, y se puso a hablar tras saludar al ministro con la otra persona.

El ladrón aprovechó para sacar otra carta que él llevaba en el bolsillo y hacer como que la leía, acercarse al escritorio y dejar su carta junto a la otra.

– Vaya… – solté en medio de toda la exposición de ‘G’.

– Pero ahora viene lo mejor- continuó el comisario- Para despistar la atención de mi cliente, se puso a hablar con él un rato, y después dejó que siguiera hablando con la otra persona. Aprovechó este instante para coger la carta de mi cliente y dejar allí la suya, que no tenía la menos importancia. Se despidió de todos y se fue a su vivienda.

La imposibilidad de encontrar la carta robada

Dupin se irguió en su asiento y preguntó:

– ¿Y qué ha pasado? ¿No consiguen encontrar la carta?

– Por increíble que parezca, es totalmente imposible encontrarla. Como al ministro le gusta salir de noche hasta altas horas, tenemos mucho tiempo para entrar en su vivienda y registrarla de arriba a abajo. Llevamos varios días analizando cada centímetro cuadrado de sus habitaciones, buscando compartimentos secretos en los muebles, levantando tablones del suelo, buscando huecos en las patas de sillas y mesas. ¡Hemos usado hasta microscopios para detectar cualquier rastro de la carta!

– ¿Y entre su ropa?- pregunté.

– Ya miramos su ropa, sus bolsillos… hasta descosimos dobladillos y los volvimos a coser.

– ¿Y en los libros?- pregunté de nuevo.

– Hemos revisado cada uno de los libros y facsímiles que guarda en sus estanterías. Hemos pasado hoja por hoja todos sus libros.

– ¿Y no puede ser…?- pregunté entonces- ¿Que la carta, al ser tan importante, la lleve encima?

– Créame, también lo pensamos- respondió ‘G’- Y he contratado en dos ocasiones ladrones a sueldo para que le atracaran para comprobar si la llevaba encima. Y nada. Sin resultado.

– ¿Y se la dio a otra persona?- Volví a insistir.

– No, imposible. Esa carta es tan valiosa, que tiene que tenerla presente y muy cerca. No puede dejarla en manos de otro.

La reflexión de Dupin sobre el caso de la carta robada

Entonces, Dupin dijo:

– Querido ‘G’… Sabe que le aprecio y tengo en alta estima. Su labor de investigación es analítica y minuciosa. Casi matemática y científica. ¡Microscopios! No pensé que llegaría usted a usar tales instrumentos en busca de una carta… Pero déjeme que haga una simple apreciación: usted ha dicho que el caso es sencillo… pero sin embargo, está utilizando un complicado método analítico. Está basando su investigación en las matemáticas, y tal vez debería basarse en la observación…

– ¿Qué quiere decir? Hemos observado cada rincón de la casa…

– Debe ponerse usted en su nivel y volver a su apartamento para mirar con otros ojos.

El comisario recapacitó y aunque no estaba convencido, dijo que volvería a intentarlo.

– De acuerdo, le haré caso y volveré revisar todas sus pertenencias..

Dupin al fin resuelve el enigma de la carta robada

Al cabo de un mes, el comisario ‘G’ volvió a visitar a Dupin.

– De veras, no acudiría a usted si no estuviera desesperado. Regresé a la casa como me dijo y volví a revisar toda sus pertenencias, pero no encontré la carta… De hecho, estoy tan desesperado, que ofrezco una recompensa a quien pueda encontrarla.

– ¿Una recompensa?- repitió entonces Dupin.

– Sí señor, de 50.000 francos.

– Siendo así… firme usted un pagaré a mi nombre y le entregaré la carta.

Y diciendo esto, Dupin le entregó al comisario un talonario, quien, totalmente absorto, firmó sin pestañear. Entonces, Dupin abrió un cajón y le entregó al comisario una carta, un tanto estropeada, que él leyó y guardó estupefacto en su bolsillo. Acto seguido, se fue del cuarto, feliz por haber terminado con aquel enigma.

– Pero- dijo yo entonces- ¿Cómo?…

– Te contaré una cosa: hace tiempo conocí a un niño de unos 8 años. Era el amo del juego ‘pares o nones’. Siempre ganaba… ¡siempre! Le pregunté qué hacía para adivinar siempre los dedos que escondía el contrario. Y él me dijo lo siguiente: ‘analizo si mi contrario es listo o tonto. Si es tonto, me pondré a su nivel y pensaré como un tonto y si es listo, pensaré como un listo. Le observo e imito sus gestos’. De esta forma, el niño conseguía adivinar el pensamiento del contrario.

– Sigo sin entender- dije.

– Muy sencillo, el comisario ‘G’ pensaba que el ministro ‘D’ es tonto. Un tonto escondería la carta en un lugar complicado, pensando que así no la encontrarían nunca… Crearía un hueco donde no lo había o buscaría dos finas hojas de un grueso libro para esconder la carta. Pero ‘D’ es un poeta, tengo entendido, por lo tanto, debe ser loco e ingenioso. Y por supuesto, muy inteligente.

– ¿Y?- seguía sin entender cómo mi amigo había conseguido dar con la carta.

La visita de Dupin al ministro

– Tras la visita del comisario, decidí acercarme yo mismo a la casa del ministro. Le visité una mañana sin previo aviso, y le encontré holgazaneando, como de costumbre. Mientras hablábamos de cosas sin importancia, comencé a observar toda la estancia.

Existe un juego que se usa para saber si alguien es lógico o más bien matemático. Se trata de un mapa gigantesco con miles de palabras escritas, de ríos, ciudades, continentes. Algunas son palabras pequeñas y otras muy grandes. Cuando le piden a alguien que busque un nombre concreto, el analítico buscará entre los caracteres pequeños, mientras que el que usa la inteligencia abstracta, se fijará en las palabras de grandes caracteres… las que más llaman la atención y que el analítico no es capaz de ver.

– ¿Quieres decir que..?

– Que mientras el comisario se perdía buscando en los detalles, yo me fijé en lo más obvio, en lo que más llamaba la atención. Estaba seguro de que el ministro había escondido la carta en un lugar visible para todos. Y… ¡bingo! Sobre la chimenea había un tarjetero.

En un momento dado, sonó un tremendo ruido que venía de la calle. También sirenas de policía. El ministro se acercó a la ventana para mirar qué pasaba y yo aproveché para acercarme al tarjetero. Allí, entre las tarjetas, había una carta solitaria. Por fuera no se parecía a la que nos había descrito el comisario. Tenía la inicial ‘D’ bien grande y estaba arrugada y doblada por varios sitios. Parecía sucia y estropeada. Me fijé muy bien en todos los detalles, y a los pocos días, volví a ver al ministro, y un momento que se dio la vuelta, cambié esa carta por una copia casi idéntica que había hecho…

Por supuesto, el ruido aquel que mantuvo al ministro ocupado lo provoqué yo, con una persona a la que pagué para que provocara un pequeño altercado sin importancia…

– Es increíble- dije asombrado- ¿Y era entonces la carta?

– Claro que sí. El ministro había transformado el exterior de la carta, la había doblado y estropeado para que no apareciera la carta que robó. Pero por dentro, era efectivamente la que buscaban.

– ¿Y cuando descubra el cambiazo?

– Pues cuando abra la carta que coloqué en el tarjetero, se llevará una grata sorpresa, y no lo dude, sabrá perfectamente quién le dio el cambiazo, porque dejé un mensaje encriptado en ella. ¿Cómo no iba a seguirle el juego a alguien que sabe jugar tan bien? Seguro que suelta una sonrisa y agacha la cabeza en señal de derrota limpia. La frase, querido, es una frase con la que el ministro me ganó en Viena a ingenio con un acertijo, y se la debía devolver. Es esta:

‘Tan funesto designio, si no es digno de Atreo, digno en cambio es de Tiestes’.

Observaciones sobre el relato de ‘La carta robada’

Juega a resolver con ingenio este curioso acertijo, un misterio que busca motivar e incentivar la lógica y la observación menos analítica:

A veces el pensamiento más sencillo es el correcto: Muchas veces nos perdemos en algoritmos y análisis minuciosos, y entonces somos incapaces de ver los más obvio. Cuando miras al fondo, no ves bien lo que tienes cerca, ¿verdad? Algo así pasa con la mente, que a veces se centra en el detalle olvidando tal vez lo más importante. Simplificar te ayudará a entender mejor las cosas.

La importancia de la empatía en todos los campos: El ejemplo de Dupin sobre el niño que acierta siempre en un juego de ‘pares o nones’ tiene que ver mucho con la empatía. Ponerse en el lugar del otro ayuda a entender mejor cómo actúa. Dupin usó la empatía para acercarse al ladrón e intentar pensar con su lógica. Le conocía y sabía que era muy astuto e ingenioso.

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